lunes, 9 de febrero de 2015

LU > "Madame Bovary": Un cambio de intensidad en la perspectiva del narrador

Consideraremos un fragmento de la novela en el que, mediante una larga elipsis, el narrador nos hurta una escena amorosa mediante un procedimiento técnico: el narrador se sitúa en una perspectiva externa a los hechos y cercana al punto de vista del cochero. 


Pues bien, insertaremos tres fragmentos en los que ese punto de vista subjetivo se acentúa en extremo, en la suposición de que el cochero ha ingerido una cierta cantidad de alcohol, circunstancia que desata su verborrea y termina contando más de lo que ve.



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El coche salió de las verjas, y pronto, llegando al Paseo, trotó suavemente entre los grandes olmos. El cochero se enjugó la frente, puso su sombrero de cuero entre las piernas y llevó el coche fuera de los paseos laterales, a orilla del agua, cerca del césped.

Y enseguida, reemprendiendo su carrera, pasó por San Severo, por el Quai des Curandiers, por el Quai Aux Meules, otra vez por el puente, por la Place du Champ-de-Mars y detrás de los jardines del hospital, donde unos ancianos con levita negra se paseaban al sol a lo largo de una terraza toda verde de hiedra. Volvió a subir el bulevar Cauchoise, después todo el Mont-Riboudet hasta la cuesta de Deville.

INSERTO > Tres o cuatro líneas.

Volvió atrás; y entonces, sin idea preconcebida ni dirección, al azar, se puso a vagabundear. Lo vieron en Saint-Pol, en Lescure, en el monte Gargan, en la Rouge-Mare, y en la plaza del Gaillard-bois; en la calle Maladrerie, en la calle Dinanderie, delante de Saint-Romain, Saint-Vivien, Saint-Maclou, SaintNicaise, delante de la Aduana, en la Basse-Vieille Tour, en los Trois-Pipes y en el Cementerio Monumental. De vez en cuando, el cochero desde su pescante echaba unas miradas desesperadas a las tabernas. No comprendía qué furia de locomoción impulsaba a aquellos individuos a no querer pararse. A veces lo intentaba e inmediatamente oía detrás de él exclamaciones de cólera. Entonces fustigaba con más fuerza a sus dos rocines bañados en sudor, pero sin fijarse en los baches, tropezando acá y allá, sin preocuparse de nada, desmoralizado y casi llorando de sed, de cansancio y de tristeza.

INSERTO > Tres o cuatro líneas.

Poco después, en pleno campo, en el momento que el sol pegaba más fuerte contra las viejas farolas plateadas, una mano desenguantada se deslizó bajo las cortinillas de tela amarilla y arrojó pedacitos de papel que se dispersaron al viento y fueron a caer más lejos, como mariposas blancas, en un campo de trébol rojo todo florido (ES LA CARTA DE DESPEDIDA DE RODOLFO).


Hacia las seis, el coche se paró en una callejuela del barrio Beauvoisine y se apeó de él una mujer con el velo bajado que echó a andar sin volver la cabeza. 


INSERTO > Tres o cuatro líneas.

15 comentarios:


  1. Le pregunté hacia donde se dirigía. Con voz enérgica contestó que no había ningún destino, asique sin perder tiempo puse en marcha el carricoche.
    Pasé por la calle Grand-Pont, atravesé la Place des Arts y cuando llegué a la estatua de Pierre Corneille me detuve, al momento una voz del interior del vehículo exclamó que no me detuviese y siguiera. Partí de nuevo y seguí conduciendo hasta llegar a la estación de ferrocarril.
    Despues tras un largo camino pasando por el río y por un largo camino pavimentado de guijarros, atravesamos sin parar Quatremares, Sotteville, la Grande Chausée y nos paramos ante el jardín des Plantes.
    Otra voz del interior del vehículo expresó con una voz mas furiosa que siguiera avanzando.
    Pasé de nuevo por el puente, también por el Quai Aux Meules y por detrás del hospital donde unos ancianos se paseaban por una terraza repleta de hiedra verde. Seguí mi camino y llegué a la cuesta de Deville. Mirando hacia las tabernas me preguntaba como podía ser posible que aquellos individuos no quisieran pararse, pero solo oía lo que parecían ser exclamaciones de placer, fustigando mis caballos aprisa seguí el camino hasta llegar a una callejuela del barrio Beauvoisine donde allí una mujer con el velo bajado tapandole la cara se bajó del vehículo y se fue sin mirar atrás.

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  2. La extraña pareja se montó en el coche sin rumbo alguno, así que yo hice la ruta habitual. Bajé por el Grand-Pont, atravesé la Place des Arts, el Quai Napoleón, el Pont-Neuf y cuando llegué a la estatua de Pierre Corneille quise hacer un descanso para tomarme una copita en una taberna muy coincida en Francia, sin embargo el hombre dijo:"¡SIGA!"; así pues, yo seguí mi camino, olvidándome de mi vaso de vino, por Quatremares, Sotteville, la Grande Chaussée...y cuando llegué a la rue d`Elbeuf me decidí a hacer una parada dejando el coche en un sitio más aislado que el de la ultima vez, en esta ocasión, como se trataba de un lugar poco concurrido, no pusieron ningún impedimento. Yo sabía y además sin duda alguna, lo que estaban haciendo esos dos dentro de mi coche, así que en vez de un vino me tomaría dos, e irían a cuenta de ese caballero.

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  3. Ordené a mis rocines que comenzaran a caminar y emprendí el viaje. Como iban sin rumbo alguno me perdí por las callejuelas que más me gustaban, llenas de tabernas, bullicio, y mujeres demasiado desinhibidas. En el coche no se oía ni el frotar de patas de un grillo, y el cansancio se apoderaba de mi. Necesitaba un trago. Pedí permiso al señor para tomar algo, prometiéndole que les alejaría de la ciudad en cuanto saliera de la taberna. Así hice.

    Al retornar al coche me encontré a los caballos algo más excitados de lo normal y, aunque el alcohol empezaba a hacer su efecto, recuerdo perfectamente como el coche vibraba de arriba a abajo... Sabía lo que sucedía, y no le di importancia. Reemprendí el recorrido sin fin aparente. Sólo paré cuando oí unos fuertes alaridos provenientes de dentro. Bajé a preguntar si todo iba bien, aunque no eran los primeros que usaban mi coche como alcoba... Entonces, la imagen de una mujer con el busto desnudo y la cara reflejando el mayor éxtasis, me dio de lleno.
    Cuando reparé en la ausencia del señor, le busqué en el habitáculo. Para mi sorpresa, encontré al truán bajo las faldas de la señora...

    Volví a mi asiento y fustigué a los caballos mientras me reía sin discreción alguna. El señor debió darse cuenta, y me ordenó acabar el viaje en cuanto llegáramos a Beauvoisine. Obedecí, intentando ser lo más discreto y respetuoso que pudiera cuando bajara la pareja.

    Al frenar, la mujer se apeó del vehículo escondiendo su antes liberado rostro bajo un tupido velo. No miró hacia atrás.

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  5. -¡Arre! ¡Holgazanes!
    El señor no quiere que paremos y ya llevo más de un buen rato sin tomar ni un trago. Y ahí dentro dale que dale. Si casi no puedo controlar el coche y… ¡Otro bache! “¡ Más deprisa!”…. Grita el señor desde dentro y sigue la juerga. Si desde aquí se oye como gime ella, que digo gime, si parecen aullidos, no como mi Marie. Cuando llegue a casa... Hace mucho que yo y mi Marie... Pero antes un trago. ¡Otro bache! Si es que no arreglan las calles y estos de atrás no paran, así no hay manera. Ahí está mi taberna favorita... Y no hacen ni una parada. Estos a lo suyo.... Si yo también cuando era joven con mi Marie... Pero él, madre mía, que fiera, ni un respiro y ella... Muy señora ,muy señora, pero no para de gritar, sin control, con desefreno. La va a oir todo París.
    Lo que daría por un trago... Y no terminan. Si me destrozarán el coche. ¡Otro bache! Amantes, no como yo y mi Marie, treinta años casados. Necesito un trago “¡Más a prisa, y más a prisa!” Sólo grita eso el señor. Y ella se va a dejar la garganta. ¿Y cuánto llevan así ya? Ella no parece cansarse, y él... ¡Menuda fiera descontrolada! Se le veía con muchas ganas. Casi la arrastra dentro del coche. Tantas ganas,tanta urgencia.... Claro que ella tiene buena figura y que dos grandes..... Y él fuerte y con hambre.
    ¡Otro bache y otro más ! No puedo controlar así el coche si no dejan de moverse de esa manera.

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  6. ¿A dónde quiere ir? El respondió que a donde yo quisiese, acto seguido observe como el metió a la señora en el interior del carricoche.
    Pasé por la calle Grand-Pont, atravesé la Place des Arts y cuando llegué a la estatua de Pierre Corneille me detuve, acto seguido una voz del interior me ordeno que siguiera, obedecí y de nuevo me puse en camino hasta llegar al ferrocarril, atravesé sin detenerme Quatremares, Sotteville, la Grande Chausée, la rue d’ Elbeuf, e hice otra paradita ante el jardín des Plantes. Con más furia que antes el caballero del interior me dijo ¡Siga caminando!... reemprendiendo el viaje pase por San Severo…otra vez pase el puente y detrás de los jardines del hospital, donde vi como unos ancianos con levita negra se paseaban al sol por una terraza toda verde de hiedra. Hasta llegar a la cuesta de Deville. Yo estaba ya casi llorando de sed y de cansancio y solo pensaba en hacer una paradita en alguna taberna, aquellos dos se lo estaban pasando demasiado bien... cada poco tiempo escuchaba sonidos entrecortados de placer y yo fustigaba con fuerza a mis dos rocines, no me fijaba en los baches ni en los va y benes que podía hacer el carricoche, no me preocupaban en absoluto. Decidí que ya era suficiente y pare el coche en una callejuela del barrio de Beauvoisine y de el bajo una mujer con el velo bajado que se fue sin volver la cabeza.

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  7. El hombre entró rápido y ordenó marchar enseguida, sin rumbo, sin destino. Me coloqué y me dispuse a marchar, pase por la calle de Grand-Pont también la Place des Arts intentando parar, pero me volvió a ordenar seguir con su voz ahora mas furiosa. Bajé por el cruce de La Fayette donde pude descansar en una taberna y tomar umas copas de aguardiente para reponer fuerzas. De vuelta al camino aquellas personas seguían a lo suyo, moviendose y gimiendo sin dejar nada a a la imaginación. Pasé por Sotteville y la rue d'Elbeuf, me pidió que siguiera caminando, al parecer ya estaban acabando. Hacia las 6, en una callejuela del barrio Beauvoisine bajó bajó una muchcha y no miró hacia atrás

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  8. Sandra Rodriguez Muñoz11 de febrero de 2015, 20:21

    Les pregunté que a donde les llevaba y me contestaron, que a donde yo quisiera.
    Empezamos a circular sin rumbo, y paré junto a la estatua de Pierre Corneille, en cuanto León notó que había parado me grito desde el interior que siguiera.
    Continuamos a galope tendido, pasando por el jardín des Plantes, donde paré de nuevo y León con la voz aún más furiosa me gritó ¡Siga caminando!
    Reemprendimos la carrera, por la Placer du Champ-de-Mars...
    No llegaba a saber porque no querían pararse, pero echando una mirada atrás, comprendí la relación de amor que había entre ellos y así entendí que quisieran pasar juntos el mayor tiempo posible, entonces fustigué con más fuerza mis caballos, que ya estaban bañados en sudor y sin fijarme en los baches, tropezando de un lado a otro, me di cuenta que a ellos tampoco les preocupaba, solo querían fundirse en su pasión.
    Después de varias horas paré el coche y de él se bajo una mujer, con el velo bajado que echó andar sin volver la cabeza.

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  9. Les pregunte a donde querían ir, me contestaron que a donde yo quisiera.
    Rápidamente salí con el coche a todo gas , sin rumbo empecé a dar vueltas hasta que llegamos al bulevar Cauchoise, no me dí cuenta del atasco que genere y tuve que retomar la marcha. Era incapaz de no escuchar esos gritos de placer que venían de la parte trasera del vehículo, entre tantas vueltas que tuve que dar , llegue a una esquina en la que tuve que girar , ahí se podía apreciar el maravilloso Jardín des Plantes. Tras pasar el jardín hice una parada en la taberna mas cercana para poder hacer un descanso. Volvi a subir al coche , pero esta vez , los gemidos eran mas suaves, ligeros, e incluso podía afirmar que de cansancio. Bajando por la Place du Champ-de-Mars… pude escuchar un sonido tan agudo, que me hizo frenar el coche de golpe, parecía que la cosa ya había llegado a su fin. Me paré en la próxima acera , se bajo una chica con velo y la cabeza agachada y salió a correr sin mirar atrás , perdí su rastro según giro la esquina.

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  10. ivan sanchez martinez12 de febrero de 2015, 17:57

    Le pregunte hacia donde se dirigía, y me respondió que hacia donde yo dispusiera. Así que me puse en marcha, cogiendo las riendas de mis caballos, a caminar sin rumbo alguno, pasado un tiempo me pare ante la estatua de Pierre Corneille, cuando de repente una voz, como un gran rugido, me grita desde dentro que siguiera, así que eso hice.
    Volví a poner a mis caballos en marcha, de nuevo a vagabundear por las calles, pase por largo rato por el rio, y en un momento dado le di orden a mis caballos de echaran a correr e hice otra parada en el jardín des Plantes. Y de nuevo un rugido feroz me dijo que siguiera el camino y de nuevo me puse en marcha.
    No entendía porque tanto interés en seguir el paseo sin rumbo alguno, pero enseguida me di cuenta del motivo al escuchar algunos de los gritos de ese amor desenfrenado que estaba teniendo lugar dentro de la carroza, así que agüite mis riendas para ir más rápido aun de lo que iba y eso que ya mis pobres caballos estaban llenos de sudor del cansancio y yo sediento lo único que podía hacer es ver desesperado como una a una pasaban delante de mí las tabernas sin poderme parar a tomar un trago.
    A las seis de la tarde me hicieron parar y lo hice en el barrio de Beavoisine, del carruaje se bajó una mujer tapada con el velo y sin volver la vista atrás se marchó sin más.

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  11. La extraña pareja se montó en el coche sin rumbo alguno, así que yo hice la ruta habitual. Bajé por el Grand-Pont, atravesé la Place des Arts, el Quai Napoleón, el Pont-Neuf y cuando llegué a la estatua de Pierre Corneille quise hacer un descanso para tomarme una copita en una taberna muy coincida en Francia, sin embargo el hombre dijo:"¡SIGA!"; así pues, yo seguí mi camino, olvidándome de mi vaso de vino, por Quatremares, Sotteville, la Grande Chaussée...y cuando llegué a la rue d`Elbeuf me decidí a hacer una parada dejando el coche en un sitio más aislado que el de la ultima vez, en esta ocasión, como se trataba de un lugar poco concurrido, no pusieron ningún impedimento. Yo sabía lo que estaban haciendo esos dos dentro de mi coche, se les podía escuchar a más de tres metros, suspiros, gemidos y ese traqueteo de arriba a abajo y, de un lado a otro de mi coche. Les dejé intimidad y entré a tomarme esa merecidísima copa de vino; que sin duda alguna acabaría pagando ese caballero, que al parecer no podía pagar una habitación de hotel, en vez de montárselo en coches agenos. Cuando salí de la taberna, esos dos seguían en las mismas; menudo aguante tiene ese hombre, pensé. Me monté en el coche, el cual no dejaba de botar debido al intenso ejercicio que llevaban practicando varias horas; finalmente me hicieron parar en el barrio de Beauvoisine y una bella mujer, escondida tras un velo, huyó.

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  12. Les pregunte hacia donde querían dirigirse, me contestaron que donde quisiera. Rápidamente salí con el carricoche sin rumbo, sin un sentido fijo llegamos al bulevar Cauchoise, sin darme cuenta generé un atasco y tuve que retomar la marcha. Incapaz de no escuchar esos gritos de placer que venían de la parte trasera, llegué a una esquina en la que se podía apreciar el maravilloso Jardín des Plantes, había una cuesta paralela al Jardín , subí por aquella cuesta y entre tanto los gemidos de la parte trasera no dejaron de subir el tono, cada vez eran más intensos. Hice un descanso en la taberna más cercana, pero al regresar al carricoche… esos gemidos…en fin… retomé la marcha como si nada. Bajando por la Place du Champ-de-Mars parecía que aquel encuentro había llegado a su fin, paré el coche y se bajó una mujer con el rostro tapado por un velo.

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  13. ¿Adónde quiere ir? El respondió que a donde yo quisiese. Acto seguido observe como el metió a la señora en el interior del carricoche.
    Pasé por la calle Grand-Pont, atravesé la Place des Arts y cuando llegué a la estatua de Pierre Corneille me detuve. Una voz del interior me ordeno que siguiera. Obedecí y de nuevo me puse en camino hasta llegar al ferrocarril, atravesé sin detenerme Quatremares, Sotteville, la Grande Chausée, la rue d’ Elbeuf, e hice otra paradita ante el jardín des Plantes. Con más furia que antes el caballero del interior me dijo ¡Siga caminando!... reemprendiendo el viaje pase por San Severo…otra vez pase el puente y detrás de los jardines del hospital, donde vi como unos ancianos con levita negra se paseaban al sol por una terraza toda verde de hiedra. Hasta llegar a la cuesta de Deville. Yo estaba ya casi llorando de sed y de cansancio y solo pensaba en hacer una paradita en alguna taberna, aquellos dos se lo estaban pasando demasiado bien... no descansaban ni un segundo… vaya dos animales descontrolados… cada poco tiempo escuchaban sonidos entre cortados de placer, aquellos no hacían por disimular lo más mínimo, todo lo contrario sin vergüenza alguna se lo estaban disfrutando como si no estuviese y a todo esto yo fustigaba con más fuerza a mis dos rocines, no me fijaba en los baches ni en los vaivenes del carricoche, no me preocupaban en absoluto. Decidí que ya era suficiente y pare el coche en una callejuela del barrio de Beauvoisine y de el bajo una “señora” caminando aprisa sin volver la cabeza con el velo cubriendo su cara.

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  14. - ¡ Corra, deprisa !
    Me dijo jadeante el señor mientras metía a una señorita en mi carricoche. Me apresuré a abandonar aquel lugar antes de que nadie nos viera y comencé a pensar en la proxima parada. Pasamos por la Place des Arts, el Quai Napoleon... Cada bache me pesaba, cada grito, cada curva, hacía más y más pesado mi trabajo, tenía que parar necesitaba un trago. Fue un trago largo, quizá fueron tres, quizá cuatro, no lo recuerdo, el caso es que volviendo al carricoche ellos aún seguían ahi dentro y yo alli fuera. Me subí rapido y me dirigí por San Severo, por el Quai des Curan... Curai.. Tampoco lo recuerdo, aquellos gritos que provenían de mi espalda me desconcentraban cada vez mas, cada vez peor, ya no sabía cuanto tiempo llevaba ahí metido y seguro que ellos tampoco. Necesitaba parar otra vez, a descansar un rato, esas copas de aguardiente me estaban adormeciendo y poco a poco la velocidad del carricoche iba bajando hasta que un grito del señor me hizo despertar y continuar mas rapido aún. Intentaba adivinar que hacían pero mis miradas hacia atrás no sirvieron. Hacia las seis me paré en una callejuela y allí bajó una muchacha con el rostro tapado que no miró atrás.

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  15. Sandra Rodriguez Muñoz15 de febrero de 2015, 19:05

    Se montó en mi coche una extraña pareja, les pregunté que hacia donde les llevaba y me contestaron que no tenían rumbo que les llevara donde yo quisiera, entonces hice la ruta habitual.
    Empezamos a circular, pasando por Grand-Pont, atravesando la Placer des Artes, el Quai Napoleón... Y cuando llegué a la estatua de Pierde Corneille paré a hacer un descanso, y enseguida con un grito León me ordenó que siguiera.
    Continuamos a galope tendido, pasando por el Jardín des Plantes, donde quise volver a parar a beber algo, cuando escuché un chillido diciéndome ¡SIGA CAMINANDO!
    Reemprendimos la carrera, cuando oí algún que otro chillido de placer, y en ese momento entendí porque no querían que parase en ningún sitio. Echando la vista atrás vi el rostro que tenía Emma de gozo y felicidad.
    Fustigue con más fuerza a mis caballos, que ya estaban bañado en sudor, y sin fijarme en los baches, tropezando de un lado a otro, me di cuenta de que a ellos tampoco les importaba, que solo querían seguir gozando de placer.
    Después de varias horas paré el coche y de el se bajo una mujer, con el velo caído que echó a andar sin volver la cabeza.

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